Historias CESA: Marina Ñíguez, de los patines al tenis de mesa

Es una desgracia que a una niña de diez años no se le permita cumplir su sueño. O quizás no. Porque el destino a veces tiene reservados giros inesperados que cambian tu vida para siempre. Que la mejoran. Que hacen que sea maravillosa. Bendita desgracia, debe pensar ahora Marina Ñíguez, alguien que, si alguna palabra hubiese escrito en nuestra Cápsula del Tiempo, hubiese sido patinar. Sin embargo, algo se cruzó en su camino. Un fenómeno que prohibió a la pequeña practicar el patinaje en velocidad porque, como ella nos cuenta, “las listas de espera eran larguísimas” y que le animó a pasarse un día por un club municipal de Alicante, donde sus primos entrenaban, a jugar al tenis de mesa. Pasó por probar y desde entonces no ha dejado de practicarlo. Porque allí estaba Dani Valero, un gigante en lo suyo. Alguien capaz de descubrir talento en décimas de segundo. No dudó. Había descubierto a una jugadora en potencia, y lo mejor es que no hacía falta convencerla. Marina no nos sabe explicar por qué este deporte engancha, “pero engancha”, y mucho. Ella “solo quería meter la pelota en la otra parte de la mesa”. Lo demás vino rodado.

Pero ¿qué es lo que vio Dani en esa chica de diez años? Quizá esa ambición por mejorar desde el primer momento en el que agarró una pala. Ese carácter que todos los deportistas de élite llevan en la sangre. “Yo he sido muy competitiva desde pequeña. Creo que Dani vio una chica con mucho carácter a la hora de jugar, con muchas ganas”, comentaba ella misma. Dicho y hecho. Tampoco tuvo que insistir demasiado: “Dani me dijo que viniera un día a la semana a entrenar y yo iba tres”. Y no se ha arrepentido nunca. Le preguntamos por los patines, a lo que afirma rotundamente que ni se ha parado a pensarlo. Nunca. Pero tampoco ha parado de jugar al tenis de mesa. Se puede decir que ahora vive con una pala pegada a la mano. La cara negra para la derecha y la roja para el revés. Da igual el por qué, pero siempre así.

Y es que, aunque los principios siempre son difíciles, ha ido derribando obstáculos hasta llegar a la selección. Lo ha hecho siempre con Dani Valero a su lado, la persona con la que, aparte de su familia, ha pasado más horas en su vida. Su segundo padre. “El primer año prácticamente no competía nada, pero entrené los cinco días de la semana, dos horas cada día”. Algo que le ha ayudado a organizarse en su vida personal, aunque reconoce que ahora, en la universidad, es más difícil hacerlo. Porque Marina no sólo es una magnífica jugadora de tenis de mesa, a la vez estudia enfermería.

Fue a los 14 años cuando empezó a destacar, precisamente en el CESA. Quería demostrar lo que había entrenado y lo mucho que le había costado llegar. Se lo tomó como un reto. Estaban los mejores de España, pero la verdad es que a ella le dio igual. “Yo pensaba que no pasaría ni una ronda y luego resultó que cuando me ponía a jugar, relajada, salía todo”. Lo cierto es que a medida que “iba pasando esas rondas, veía que nada era tan dramático, que sí que tenía el nivel”. Así hasta conseguir la medalla infantil, hasta quedar segunda en su primer año en cadete, hasta ganarlo en su último año de competición... El resto es historia por hacer. Como una internacionalidad con la selección española de la que, con tan solo 20 años, ya ha aprendido a disfrutar. Como la experiencia, el trabajo, el tiempo dedicado a ver vídeos y a idear estrategias – algo inculcado desde los 15 años, más o menos, por Valero –, las experiencias vividas y los sueños por cumplir. Unos sueños que comenzaron a hacerse realidad en el CESA y que se siguen cumpliendo.